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La Colorada y otras mujeres en la Revolución de 1851

Por Susana Pacheco Tirado

La mujer y su presencia en los episodios históricos de la patria pareciera ser un hecho débil e insignificante, tan solo de un transcurrir sin dejar huellas, pero aquella generación de mujeres del siglo XIX con tanta esperanza en el corazón, supieron dejarnos algunos vestigios de aquellos días. Al revisar las diversas etapas del acontecer histórico, siempre ha sido posible encontrarla cumpliendo los más diversos roles y en las más extrañas circunstancias, pero siempre llevando impreso el cuño de heroísmo y decisión que las conmovía.

Buscando camino para el relato diremos que, en esta bella ciudad de La Serena, de florecimiento social y cultural, se incubó y creció el descontento. En el siglo XIX se hacían notar; por una parte, la clase propietaria regional que se sentía sacrificada por el excesivo centralismo de Santiago, y por otra su importante contribución al erario nacional no retornaba en algún avance para la provincia.

Además, Chile se regía por el sistema político censitario, que permitía el derecho a voto solo a una parte de la población: que supiera leer y escribir y que contara con bienes. El gobierno de José Joaquín Prieto (1831-1841), luego el de Manuel Bulnes (1841-1851); entonces la postulación de Manuel Montt se vio como la continuación de la administración a manos de gobiernos Conservadores.

Una vez aclarado el panorama político iremos al acontecer histórico que nos convoca efectuando una relación entre los hechos; rastreando por los episodios acaecidos tanto en el sur como en el norte de Chile y que se llamó “Revolución de 1851”. Además, iremos en la búsqueda de la huella femenina y su valioso aporte en esta época.

Como material bibliográfico contamos con la magistral obra del distinguido escritor Benjamín Vicuña Mackenna:

“Historia de los diez años de la Administración de don Manuel Montt”.

Escrita en cinco tomos, y editada por Imprenta Chilena el año 1862.

“Fueron las elecciones de 1851, en todas las provincias sometidas al influjo del gobierno de la capital, la quinta edición del quinto quinquenio electoral que desde 1831 se habían venido colocando uno en pos de otro, como se diseñan sobre la espalda del hombre a quien se azota, los mismos músculos i las mismas llagas abiertas con el látigo, a cada nuevo golpe que le aplican”. Tomo III, pág. 111.

En Chile se acercaba la fecha de las elecciones presidenciales, y todo apuntaba a que las ganaría el candidato propuesto por Manuel Bulnes, el actual presidente. Se trataba de don Manuel Montt.

La tradición liberal imperaba en La Serena al término del año 1850 y se esperaba tener un lugar en las urnas para las nuevas candidaturas; pero había aparecido la del ciudadano Manuel Montt, la que fue recibida con inmenso clamor de rechazo. Y de inquietud ¡La alarma se puso de pie!

La capital, la más irritada, no tardó en demostrar su tremendo descontento en aquella sangrienta protesta que se ha llamado la jornada del Veinte de Abril.

Esta es la fecha en que hace nido y se desarrolla el gran movimiento político en la revolución de 1851 movimiento esencialmente de las provincias. El ejército comandado por el propio general Bulnes sofocó un motín iniciado la noche anterior por el coronel Pedro Urriola, que murió de un disparo en los enfrentamientos.

En mayo el general José María de la Cruz, el candidato del pueblo, había desembarcado en Valparaíso. Para luego ser acogido en Santiago en casa de su hermana doña Carmen Cruz de Claro, en calle San Diego. El pueblo fue el primero en acercarse al recién llegado; los artesanos, la juventud del Instituto Nacional que clamaban por la “educación popular”.

Así transcurrieron los días, hasta que el 20 de mayo se presentan ante el general Cruz más de sesenta señoras vestidas de riguroso luto. Era la presencia femenina en el clamor de las madres que venían a mostrar su orfandad del hijo o del esposo en el día en que se cumplía un mes de la sangrienta jornada del 20 de abril.

Presidía la noble comitiva la viuda del prócer de la Patria Vieja, la señora Mercedes Fontecilla, madre de José Miguel Carrera, detenido por el motín del 20 de abril. La acompañaban sus hijas Rosa Carrera de Aldunate, Josefa Carrera de Lira y Emilia Pinto esposa del joven Carrera, ahora encerrado en un cuartel.

Junto a ella se presentaron: doña Tomasa Gamero de Muñoz, viuda de uno de los líderes del momento. Doña Mercedes Barquín de Bilbao, madre de Francisco y Luis Bilbao, procesados por el motín. La señora Formas de Viel octogenaria, pero rebosando en la energía de su familia entera recién proscripta; la esposa del ex ministro Sanfuentes y la Sra. Trinidad Alemparte, esposa del procesado coronel Justo Arteaga. Mercedes Vicuña, esposa de Vicente Larraín, prófugo, Emilia Plata esposa de Domingo Santa María, prófugo. La señora Portales de Eyzaguirre, heredera de los nombres ilustres de la revolución y muchas otras que pertenecían por su corazón y su belleza a los nombres más populares entre las familias santiaguinas.

El general Cruz recibió con emoción aquel venerable cortejo, y escuchó atento lo que venía a solicitarle, casi a “exigirle” que tomara el mando de un movimiento opositor al gobierno, que trajera justicia y tranquilidad a la Patria.

Recorriendo los hechos importantes y determinantes del pasado cercano diremos que la inquietud venía desde 1849 cuando se inauguró el Club de la Reforma con una asistencia de más de 150 ciudadanos. Presidía esta sesión inaugural el prestigioso hombre político, Salvador Sanfuentes, como vicepresidente Santiago Pérez Larraín y como secretarios Manuel Recabarren y Benjamín Vicuña Mackenna, con tan solo 18 años.

Este Club no estaba destinado a larga vida, pero sin embargo dio vida en sus entrañas a la “Sociedad de la Igualdad” en base a sus precursores: Santiago Arcos, quien había regresado de Francia en 1848 y en 1850 llega a Valparaíso el famoso filósofo Francisco Bilbao.

El primer grupo de la Sociedad de la Igualdad abrió su puerta a nuevas incorporaciones los primeros días del mes de abril de 1850 y acordó la publicación de un periódico popular que mantuviese la propaganda de la nueva doctrina.

Tomó a su cargo el periódico el poeta Eusebio Lillo con el título “El amigo del Pueblo”, que en su nota editorial decía:

“Queremos que el pueblo se rehabilite de veinte años de atraso i de tinieblas”.

Eran los veinte años de la República Conservadora.

Contra esta situación se reunía la Sociedad de la Igualdad cuyos integrantes Francisco y Manuel Bilbao, José Miguel Carrera Fontecilla, Eusebio Lillo, Victorino Lastarria, Domingo Santa María, Federico Errázuriz, Salvador Sanfuentes, Benjamín Vicuña Mackenna, por nuevos cambios, escuchando el clamor de las provincias tanto del sur como del norte de Chile.

La Sociedad de la Igualdad era una agrupación que se presentaba “peligrosa”, por lo que el gobierno decidió prohibir su funcionamiento.

Mientras en las provincias del sur:

El 17 de junio se forma Sociedad Patriótica de Concepción, el Correo del Sud informaba: “Estamos en el deber de unir nuestra voz a la del pueblo i felicitar al ilustre general Cruz por su llegada a Concepción”. Tomo III, pág. 179.

La vasta provincia de Concepción guardaba las tradiciones y el poderío de tres grandes transformaciones que marcaron la historia de la República y que habían tenido origen en sus confines: la conquista, la independencia y la organización política.

“Desde el Maule al Toltén, Concepción había constituido además la mitad de Chile, siendo la más rica, la más vasta, la más belicosa. Pero, poco a poco la sagacidad centralista de nuestros gobiernos “santiaguinos” había ido quitándole su grandeza, cercenándole a trozos su extenso territorio”. Pág.17 Tomo III, Vicuña Mackenna.

Quedaba también firmada el acta revolucionaria: El pueblo de Concepción dijo:

“Que las elecciones del primer magistrado de la República no han sido ejecutadas por la libre y espontánea voluntad de los pueblos, sino por medio de la violencia, del terror y de la corrupción.

Que la candidatura del señor Manuel Montt, propuesta y apoyada por el gobierno y por los empleados del ejecutivo en todas las provincias del Estado.

Que el Ejecutivo abusando del poder que le confiere la Constitución, se ha contraído únicamente al sostén de un partido político, desoyendo la voz del pueblo.

Que el escrutinio del 30 de agosto se ha verificado infringiendo la Constitución del Estado, puesto que no han reunido las tres cuartas partes de los veinte senadores que exige la Carta, proclamándose, por consiguiente, inconstitucionalmente al señor don Manuel Montt como Presidente de la República.

Que, roto el pacto social, no debemos reconocer como legal la elección del señor Manuel Montt.

Concepción, setiembre 13 de 1851. Tomo III, pág. 225 Revolución del Sur.

En tanto en La Serena, la bella ciudad —según Vicuña Mackenna— tendida en la vecindad del mar i a los pies de una serie de colinas que van alzándose en anfiteatro hacia el oriente, se ostenta risueña, hermosa, serena, cual su nombre, la noble capital de Coquimbo.

“Los Igualitarios” treparon al cerrito de Santa Lucía, clavando en el suelo el asta de una bandera tricolor y estrechándose en torno a ella cantaban el himno de la Patria, mientras se oía la voz vibrante de Pedro Pablo Muñoz, invocando las teorías de igualdad social; mientras que muy cerca, en los bordes de un canal que riega los jardines del lugar, se veían grupos de señoritas sentadas en animada conversación, esperando que bajaran en cortejo para premiarlos con sus aplausos.

La provincia de Coquimbo, su posición, sus hombres, su fortuna de constante paz, y prosperidad, la habían transformado en el centro de la política pacífica e ilustrada, y por tanto liberal.

“Así mientras el centro nos daba sus congresos y nos imprimía el sello de sus leyes, la provincia de Coquimbo, que se extendía entonces desde el río Choapa hasta el de Copiapó, se preocupaba solo de su desarrollo interno, su industria y su agricultura por su comercio y su labor intelectual”.

Con fecha 8 de septiembre 1851 se procede a redactar el acta revolucionaria que sería la base de la organización política de la provincia.

La noticia del levantamiento de La Serena tardó sólo cuatro días en viajar por el desierto a las autoridades de Copiapó, quienes pensaron resguardar la provincia del contagio revolucionario. Cuando José Joaquín Vallejos (Jotabeche) escuchó la voz de “revolución”, corrió a la intendencia para comunicar la alarmante noticia, transformándose así en el enemigo a muerte de la revolución. El intendente Agustín Fontanes, de inmediato firmó un acta en contra del levantamiento de La Serena y se procedió a tomar medidas.

“Desde siempre Copiapó había sido asilo de todas las derrotas, de refugiados de todas las persecuciones, con que contaron los vecinos argentinos. Los criminales de todos los rangos encontraban inmunidad en aquel territorio chileno”. Tomo I, pág. 267.

Por esta razón existía en Copiapó una población flotante de argentinos que ofrecieron al intendente sus servicios para emprender una campaña contra la provincia de Coquimbo, la que fue aceptada por Fontanes y Vallejos. En tanto, el bandido Vicente Neirot recibió el mando del cuerpo denominado Lanceros de Atacama. Copiapó confió a esta cuadrilla de asesinos la misión de degollar la revolución.

Así las cosas, la población serenense sufrirían el asedio de dos fuerzas poderosas; una enviada desde Copiapó, integrada por mercenarios argentinos, y la otra llamada División Pacificadora del Norte, conformada por divisiones del ejército enviadas por el gobierno.

Era el mes de octubre de 1851 y un peligroso contingente venía por el desierto hacia La Serena. En el acto se armó el batallón cívico y se convocó al pueblo a la plaza para informar del peligro. Por la ribera del río se construyeron varios fuertes.

Urgente se vio la necesidad de levantar un empréstito para fundar un banco de circulación, idea que fue acogida por un solo vecino: la respetable señora doña Isidora Aguirre de Munizaga, viuda del patriarca de La Serena don Juan Miguel Munizaga, quien contribuyó con una suma de 5.000 pesos efectivo y afianzó con su responsabilidad la emisión de 10.000 pesos más.

En la tarde del 13 de octubre los centinelas apostados en la ribera del río divisaron hacia el norte una enorme polvareda. Eran las fuerzas conformadas por mercenarios argentinos venidos desde Copiapó, que llegaban a cumplir la misión encargada. Para rodear la ciudad siguieron camino por la playa al sur hasta el lugar de Peñuelas. Para la defensa de la ciudad las dos compañías de Candelario Barrios y de Miguel Cavada salieron por la Portada en dirección a la Pampa, llegando a Peñuelas donde se produjo el encuentro al que se llamó combate de Peñuelas.

Hubo en este encuentro rasgos de heroísmo que la tradición ha conservado con respeto en el pueblo coquimbano. Tal fue el coraje de una mujer: Francisca Baraona, que asistía a su marido moribundo al pie del cañón, atacó a un gaucho que se acercaba para despojarlo de su ropa, lo que la heroína impidió a toda fuerza, derribando al agresor al suelo, a quien, aseguran algunos, inmoló con su propio sable

Un hecho importante ocurría el 21 de octubre: habían logrado aproximarse a La Serena, los escapados de la cárcel por el motín del 20 de abril: José Miguel Carrera Fontecilla, Benjamín Vicuña Mackenna, Justo Arteaga, ingresando a la ciudad por camino de la pampa a través de la Portada.

Carrera asume cargo de intendente y se da comienzo a la organización para la defensa de la plaza. Todo se concentró en las faenas para la construcción de las trincheras y organizar las fuerzas con que se contaba a cargo del reconocido militar Justo Arteaga Además no debía descuidarse la instalación de todo lo indispensable para la protección y el mantenimiento de la ciudad, es decir, disponer un almacén de víveres, una maestranza para la fabricación de proyectiles, un hospital con su personal, lugares de refugio para la población. Todo el pueblo salió al encuentro para colaborar. Las familias tenían libertad de agruparse dentro del circuito de las trincheras o quedar fuera de él, donde se sintieran más seguras.

El batallón cívico se distribuyó entre las nueve trincheras, con un total de 600 hombres.

“Junto con las cuatro manzanas que se apoyan en sus costados, abrazaba un circuito de nueve cuadras, en cada una de las cuales, debía levantarse una trinchera”. B, Vicuña Mackenna. Tomo I, pág. 300.

Mientras esto ocurría en La Serena el gobierno embarca la tropa en Papudo, fuerzas que recibieron por título el de su misión División Pacificadora del Norte, al mando del general coronel don Juan Vidaurre Leal, quien instala su cuartel general en el edificio del Lazareto, antiguo hospital de la ciudad.

El 3 de noviembre comenzaron los movimientos preparativos del asedio a la plaza por la división sitiadora. El memorable sitio de La Serena se iba a iniciar.

A las cuatro y media de la mañana del día 14 de noviembre estalló sobre La Serena el bombardeo y continuó todo el día con furor, siendo siempre la trinchera N° 7 ubicada en quebrada de San Francisco, la más atacada por los fuegos de los fusileros apostados en la vecina torre de San Francisco. El vigoroso cañoneo se hacía sentir en la oscuridad sobre todos puntos de las fortificaciones de la plaza.

Un ejemplo de patriotismo, en el que se unía a la sagacidad, la inspiración generosa del alma de la mujer, iba a salvar a la plaza del peligro de aquel primer asalto.

A las nueve de la noche, el cerco se fue estrechando, cuando la infantería enemiga comienza a agruparse en un costado de la plazuela de San Francisco, a tan sólo una cuadra de la trinchera N° 7.

La casa de la familia Edwards ocupaba el costado norte de esta plazuela, y desde allí los jefes sitiados observaban los movimientos del adversario tratando de comprender sus intenciones.

Observando con agudeza el gobernador de la plaza y el intendente lograron ver la luz de una ventana y notaron que desde esa habitación se deslizaba un lienzo que tenía escrito en grandes letras negras estas palabras visibles a la luz de la lámpara interior:

“El enemigo va a atacar las dos trincheras de San Francisco. Son más de 300”.

Aquel anuncio salvador fue idea de unas señoritas de apellido Montero, que habían quedado fuera de las trincheras, pero que sabían defender éstas mejor que con las armas, con una vigilancia llena de abnegación y sagacidad.

Este aviso bastó para que los jefes sitiados diesen la orden de hacer una nutrida descarga por todas las aspilleras de la casa que ocupaban y como se ejecutara aquella tan de improviso, el enemigo se creyó en una celada y abandonó su intento, retirándose la columna de ataque en el mayor desorden.

Uno de los episodios que se recuerda, de los tantos vividos al interior de la plaza fortificada de La Serena, es el día en que el optimismo y la promesa de ser invencibles encontraron asilo más profundo en el pecho de la mujer.

Durante la defensa de La Serena, se vieron rasgos de heroísmo femeninos dignos de orgullo para nuestra historia; como es el caso de las señoritas Pozo y Larraguibel, se habían consagrado a una tarea que presidía su propia madre, a la costura de sacos de metralla y a cortar vendajes para los heridos.

Por una de esas inspiraciones propia de la delicada mente femenina, aquellas entusiastas obreras preferían coser las bolsas de metralla en jirones de la bandera nacional que habían enarbolado a su puerta en los días de paz y regocijo público, y que ahora delante del chiripá argentino, era descendida de su asta de orgullo para enviarla al agresor en sangrientos jirones.

La contribución de la mujer la hemos visto en la anhelosa vigilancia de las señoritas Montero había salvado la plaza de una sorpresa que pudo ser fatal, y también en la consagración cívica de la señora Cabezón encerrada con sus alumnas en el claustro de Santo Domingo para orar y socorrer a los heridos y enfermos. Este claustro, ubicado en la calle de la Catedral, hoy Gregorio Cordovéz, con Pedro Pablo Muñoz antes Barranca de mar, cumplió importante misión en este hecho histórico.

Es necesario también reconocer las patrióticas dádivas de mujeres de distintos niveles sociales tales como la señora Aguirre de Munizaga y los rasgos de intrépido esfuerzo de que había dado muestra, aun sobre el campo de batalla las mujeres del pueblo, particularmente la Francisca Baraona, que los boletines de la plaza designaban con el nombre de la nueva sargento-candelaria.

Boletín de noticias
La Serena, octubre 25 de 1851.
La nueva Candelaria

“En Yungai, hubo una heroína llamada Candelaria que acompañó al ejército en todos los peligros.

Aquí tenemos otra, Francisca Baraona: esta célebre republicana, mujer de un soldado de artillería, le acompañó al pie del cañón en el combate del día 15. Luchó con el mismo valor que su marido, y no retrocedió hasta la retirada de nuestra fuerza.

Esta heroína del pueblo merece un premio: Tenemos el honor de recomendarla a la autoridad. Sepa el Dictador que en la Serena hay mujeres tan republicanas como valientes.
Imprenta de La Reforma.

Es de justicia traer al recuerdo a otra mujer cuyo nombre se ha perdido en el tiempo. Ella llegaba al puesto en la trinchera que guardaba su marido, con su hijo en brazos para contarle que su propio albergue había sido saqueado por los invasores y pedir en nombre de su desnudez y de su hambre que corriera a dar muerte a sus agresores. Aun no acababa de contar toda su angustia, cuando una bala vino a apagar su voz.

Pero entre aquellos ejemplos de exaltación que transformaba a la mujer en héroe, sin desnaturalizar su ser de ternura y sacrificio, se vio un hecho en el que quedó de manifiesto el ingenio y la seducción previsora que la mujer pone aun en sus actos más atrevidos.

Había fuera de trincheras una mujer que todos conocían con el nombre de la “Colorada”, por el tinte encendido de sus cabellos.

Los oficiales argentinos que cercaban la plaza no habían tardado en procurarse sus “mozas” que llevaban continuamente a las ancas de sus caballos, según la usanza de su tierra, y aquella chilena de cabello y de alma roja, había tocado en suerte al teniente Pereira, gaucho feroz y dado a la doble ebriedad del licor y de la crápula. Tomo II, pág.52.

Asediada la Colorada por las mil finezas del oficial Pereira, decidió poner a prueba su verdadero interés en ella, y le propuso que lo demostrara ingresando a las trincheras.

Ella le celebraba, antes que todo, su bravura especialmente cuando él le repetía sus proezas en el otro lado de la cordillera donde las mujeres tenían a orgullo el ser sus damas.

Un día, le cobró la palabra la patriota sitiadora del cuyano, y le dijo que, si era cierto su coraje y si de veras la amaba, fuera a las trincheras a azotar a sus contrarios.

El petulante gaucho, al que una ración matinal de aguardiente había calentado el espíritu, le respondió que aquella era poca hazaña para el tamaño amor que le tenía y le dijo que al día siguiente vendría en su más brioso caballo para satisfacer su gusto.

La Colorada mandó aquella misma tarde aviso a la plaza de que al día siguiente recibirían en las trincheras un regalo, que ella iba a enviar a sus paisanos.

Temprano en la mañana del día siguiente, se vio abierto el portalón de una trinchera. Más tarde aparecía por las calles que dominaba este reducto, un jinete que encabritaba a su caballo, cortando el aire con su sable y profiriendo amenazas y retos fanfarrones contra los sitiados serenenses.

Este era el regalo de la Colorada.

Cuando se cerró de nuevo el portalón y el teniente Pereira fue hecho prisionero más de Baco y de Cupido, fue puesto a la sombra de un calabozo.

Desde que las mujeres de todas las categorías sociales defendían la causa de Coquimbo, a la par con sus soldados, y cuando unas prodigaban sus caudales, otras acompañaban a sus maridos para enjugar el frío sudor de su agonía al pie del cañón en que eran inmolados.

Corrían ya veinte días desde que división Pacificadora del Norte enviada por el gobierno de Montt había estrechado el cerco de La Serena, y las acciones recrudecieron. El día 24 de diciembre a las ocho de la mañana los soldados sitiadores de avanzada en la torre de la iglesia de San Francisco comenzaron a arrojar lienzos empapados de aguarrás sobre los techos de la casa de Edwards y tres horas después ese hermoso edificio ardía con voracidad espantosa, Junto con las llamas del incendio se levantaron al cielo las exclamaciones de indignación y de rabia que ardían en el corazón de los defensores de la plaza.

Cuando llegaron los Yungayes, el batallón de los mineros, profiriendo sus gritos acostumbrados de guerra, ese chivateo heroico que era signo de victoria, dando seguridad a la población, especialmente a todas las personas que se habían refugiado en el claustro de Santo Domingo.

Este convento colindaba con la trinchera más amagada, cuando comprobaron lo urgente de la situación, las personas allí refugiadas comenzaron a arrojar piedras por encima de los tejados.

Las fuerzas sitiadoras del gobierno, desapercibidas de la realidad pensaron que las pedradas que caían a su lado, muchas de las cuales fueron lanzadas por manos femeninas o infantiles, eran un síntoma de desaliento, entonces los oficiales comenzaron a gritar:

¡A ellos muchachos, que se les acaban las municiones!

Ante esta escena de urgencia, observada desde una ventana por una señorita de apellido Larraguibel y viendo que faltaba taco para un tiro de cañón, desgarró el fino pañuelo que cubría su regazo y lo arrojó a los artilleros de la trinchera, en dos girones.

MIENTRAS EN LAS PROVINCIAS DEL SUR

La provincia de Concepción se mantenía en una actitud fría en presencia de los acontecimientos que traía el año 1851, Allí existía un hombre de gran prestigio, el general de división don José María de la Cruz, intendente de la provincia y general en jefe del ejército del sur. Respetado por las memorias de sus hazañas, activo celo por el bien público; no fue extraño que en aquella borrascosa crisis el país volviera los ojos hacia él.

En 1851, la vasta provincia de Concepción no presentaba la imagen de desolación y abatimiento a que sus infortunios militares la habían sometido. Entre sus hijos vivían intactas las tradiciones y el poderío de marcan la historia de la República y que habían tenido origen en sus confines: la conquista, la independencia, la organización política.

Como topografía, “Desde el Maule al Toltén, Concepción había constituido además la mitad de Chile, pero, poco a poco la “sagacidad centralista” de nuestros gobiernos “santiaguinos” había ido quitándole su grandeza, haciendo suyos a sus hombres y cercenándole después a trozos su extenso territorio”. Tomo III, pág. 17.

El 17 de febrero había anclado en Valparaíso la fragata de guerra francesa Algerie, siendo la portadora del acta del día 10 que contenía la aceptación del general José María de la Cruz como candidato presidencial del pueblo.

Aturdidos los afiliados del club Monttista, juzgaron grave la situación.

Chillán, quedó convertido en el cuartel general de la resistencia. La hora de la lucha sonaba demasiado a prisa y activa en las ciudades y comarcas que se extendían entre el Bío-Bío y el Maule.

En los momentos en que el presidente Montt que había recibido la suprema investidura de la República hacía solo 24 horas y se dirigía al Campo de Marte el 19 de septiembre a presenciar la parada militar, llegó a sus oídos el primer anuncio del levantamiento de Concepción.

Aquella misma mañana quedó nombrado general en jefe del ejército de operaciones del Sud el ex presidente don Manuel Bulnes y como Ministro del Interior se nombró a Antonio Varas.

Así como don Nicolás Munizaga en La Serena, el hombre más popular y el de mayor prestigio entre la población, también lo era don Manuel Zerrano que se había constituido en el representante más genuino del partido liberal “puro”.

Con el levantamiento de Los Ángeles, cuatro días después del de Concepción, quedaba consumada en toda la provincia la agitación revolucionaria.

La alegría iluminaba los semblantes, los jóvenes entonaban el himno de Chile y recorrían las calles avivando al general Cruz. Y se cantó misa de gracias, el canónigo predicó un sermón en honor de los antiguos y venideros libertadores de Chile.

Se informa que el vapor Firely había llegado a Talcahuano, llevando a bordo a la comisión enviada por la provincia de Coquimbo como adhesión al movimiento de Concepción.

Tal era el estado de cosas en el día 18 de septiembre el 1851 en que comenzaba una nueva administración de un tercer decenio.

En la tarde del 21 de septiembre emprende la marcha al sur desde la capital el general Bulnes, nombrado jefe del ejército de operaciones que iba a organizarse en Chillán. Tomó conocimiento del problema en las tres provincias sublevadas: Maule, Ñuble y Concepción.

Uno de los principales recursos de la revolución del sur fue la venta de tabaco. Según la cuenta general de 1851 se entregó a la comisaría del ejército una cantidad que fue invertida en ropa: camisas, pantalones, casacas para el batallón cívico, ropa que fue confeccionada por las señoritas de Concepción. Ellas se inscribían con grandes partidas de aquellas prendas que cosían gratuitamente.

Las obreras del pueblo cosían los pantalones a un mínimo precio y tal era el entusiasmo de ellas que una sirviente de doña Manuela Puga donó 200 pesos que consistían en toda su fortuna, fruto de largos ahorros.

Otra mujer del pueblo, al ver pasar a Félix Vicuña, por la puerta de su rancho salió corriendo a su encuentro y presentándole un trozo de tocuyo le dijo; “¡Señor Intendente, alcanza para una camisa! Generosa dádiva que fue aceptada.

El 15 de octubre los vigías de Talcahuano anuncian que se aproximaba un vapor de guerra y que entraba a todo su andar por la boca grande de la Quiriquina. Luego se le vio echar sus anclas a pocos pasos donde el Arauco permanecía desde su regreso de Coquimbo, hacía dos semanas, y desprendiendo de su costado botes armados, tomó posesión del “buque revolucionario”. El asaltante era el vapor Gorgon, capitán Paynter.

Era un acto de piratería!!

Se encendió en ira el ánimo del pueblo y comenzó a correr hacia el fuerte que domina la bahía. Tanto fue el furor de la muchedumbre en los primeros instantes, que faltando tacos para cargar los cañones, se vio a una mujer arrancarse su vestido desde la cintura y entregarlo a los artilleros para que dispararan sobre los “gringos ladrones”.

La captura del Arauco fue un golpe de muerte dado a la revolución.

Desde el mes de abril Santiago, que lo había jugado todo como partido y como pueblo en aquel día 20, cayó en un profundo abatimiento. Los principales agitadores se encontraban presos, o perseguidos.

A falta de caudillos las mujeres entraron a la arena política, el frac había desaparecido con la revolución. La casaca en los campos y las basquiñas en las ciudades, trajes con que la insurrección se disfrazaba en las reuniones. La basquiña era un tipo de falda usada en España por la mujer en ceremonias, actos religiosos y para salir a la calle. Confeccionada con muchos pliegues en la cintura que producen un abultado vuelo en la parte inferior; solía ser de color negro.

Las mujeres, contándose entre estas las más encumbradas de nuestra aristocracia, eran las dueñas de la capital. Y mientras en el norte y en el sur se batían los ejércitos a filo de sable, se hacía por las calles santiaguinas tal guerra de chismes y ponderaciones, de mentiras y de proclamas incendiarias.

Un animosa y discreta mujer, era el agente de la imprenta secreta que arrojaba todas las noches aquellos terribles boletines que fueron la desesperación del intendente Ramírez, pues jamás pudo descubrir ni siquiera indicios del lugar donde se encontraba la prensa subterránea. La operaba un prensista llamado Bartolo, muchacho abnegado a toda prueba.

La mujer de Barrera lo llevaba a una casita situada en Yungay en busca de los originales de los boletines, escritos por varios opositores de los que vagaban escondidos en la capital. Entrada la noche ella iba a sacar las hojas impresas, que se confiaban a manos seguras, y así amanecían al día siguiente desparramadas por todas partes. La gente les dio por nombre a aquellas hojas las “trasnochadas”.

Tal fue la actitud de la capital durante los cien días que duró la revolución de 1851: Una de las hojas secretas que circulaban por la capital, decía:

“Santiago! Santiago! -Descansa, mecida en tus ilusiones i en la gloria de tus triunfos, mientras el cañón i las llamas convierten en cenizas a la sublime Serena; mientras la muerte deja solitario el lecho de mil esposas i en la orfandad los hijos i al borde del sepulcro la madre anciana i desvalida.

¡Oh Santiago! Tú eres un inmenso panteón. Los cadalsos i las proscripciones de 20 años han sembrado de tumbas tu recinto, cuna en otro tiempo de tan altos hechos.

Pero no!, como para hacer más amargo el reproche que estampaba contra los caudillos de la capital, Tú no has muerto del todo.

Tú tienes todavía, al servicio de la patria, tus bellas mujeres!!!! Tomo IV, pág. 169.

Hacía ya dos meses que los pueblos del sur estaban en armas, Valparaíso había dado el grito de rebelión mientras en La Serena se vivía el heroísmo dentro de las trincheras. También en Copiapó asomaba la rebelión.

Marchemos sobre Santiago, dijo Vicuña al general Cruz, La voz de la mujer había llegado hasta el corazón del general Cruz en carta escrita por la esposa de don Manuel Zerrano al secretario de Vicuña, desde Concepción:

“Diga usted a mi nombre, a nuestro general, que soy de parecer, que inmediatamente se ponga en marcha para Santiago a tomarse aquellas provincias, centro de todos los recursos, que no tema que Concepción sea presa del enemigo. Bastantes hombres nos quedan con que defenderla, i en caso que sus fuerzas no sean suficientes, con mujeres nos presentaremos al frente.

Cuando hay patriotismo se aumenta el valor”. Tomo IV, pág. 296.

Llegó el 5 de diciembre, cuando los dos ejércitos volvían a encontrarse. La hora horrenda de Loncomilla iba a sonar en los destinos de Chile.

Acaso por una lastimera compensación a estos horrores, ocurrió un hecho que brilla en medio de esa vorágine de sangre que se ha llamado batalla de Loncomilla.

Participaban dos jóvenes hermanos, Juan y Felipe Ruiz. Cayó uno atravesado por una bala, notándolo su hermano, le cargó en sus hombros y luego de dejarlo guarecido en un sitio apartado, volvió a la pelea. Más tarde, le había ayudado a sepultar a su hermano, una mujer llamada Rosario Ortíz, a quien los soldados del Bío- Bio llamaban “La Monchi” y de la que, en épocas posteriores se hablará por sus extraordinarios actos de bravura y abnegación.

“Rosario Ortíz nació en Concepción en 1827, fue una de las primeras periodistas de América Latina junto a Ursula Binimelis integraron la redacción del diario popular de avanzada liberal “El amigo del pueblo”. Luego de Loncomilla fue encarcelada, perseguida volvió a tomar las armas y participó en la revolución de 1859. Se le otorgó el grado de capitán del ejército revolucionario. Derrotada la revolución por las fuerzas gobiernistas, Rosario Ortíz se refugia en las tolderías de los mapuches, muriendo pobre y olvidada. Está sepultada en Concepción. Nélida Baros Fritis. Homenaje a las heroínas de 1859. Revolución Constituyente 1859-2009 Tributo a Pedro P. Muñoz, comandante de los Igualitarios”. Pág. 122.

La primera noticia de la batalla de Loncomilla llegó a Concepción el día 10 de diciembre. Sin más perspectivas en Concepción se firma el tratado de Purapel:

Art. 1.- El general don José María de la Cruz, reconoce la autoridad del presidente Manuel Montt i entrega al señor general don Manuel Bulnes las fuerzas militares de que actualmente dispone.

Art 5.- El presente convenio será ratificado por los generales respectivos en el término de 20 horas.

Al día siguiente de haber firmado el Tratado de Purapel, los generales que los autorizaron con sus firmas se separaron por rumbos opuestos.

El general Cruz se dirigió a su hacienda de Peñuelas.

El general Bulnes, marchó a Santiago, donde el repique de las campanas, las salvas de artillería y los tropeles de gentío que siguen siempre el éxito, anunciaban en la tarde del martes 23 de diciembre, la entrada triunfal del pacificador del Sur.

A la mañana del día 24 de diciembre circuló por las calles silenciosas y sombrías de la heroica Concepción, una hoja suelta en que se publicaban los tratados de Purapel y junto con anunciar al pueblo el triste desenlace de la contienda, se estampa en ella estas palabras que son dignas de acompañar el infortunado alzamiento de los pueblos del sur en 1851:

“La desesperación, las lágrimas, el luto, la vergüenza i cuanto sacrificio haya costado esta lucha, sofóquelos el corazón desgarrado por el dolor.

“Respetemos nuestra situación actual sino como un bien obtenido a lo menos como una necesidad a que hemos sido arrastrados. Así tendremos también el derecho de exigir el ser respetados”. Tomo V, pág. 105.

Volviendo al norte, a La Serena.

Mientras el coronel Vidaurre a cargo de la División Pacificadora del Norte, había informado al gobierno de la capital su preocupación por la nula colaboración de los serenenses para poner fin al Sitio, el gobernador de la plaza se enteraba, a través de un parlamentario que trajo documentos desde el cuartel enemigo, que el general Cruz, después de una horrorosa batalla, había depuesto las armas y firmado un tratado.

Al tomar conocimiento de esta situación el gobernador de la plaza consideró que si la campaña del sur estaba fracasada, la defensa de La Serena era un episodio que debía cerrarse también y citó a reunión al Consejo del Pueblo. Ellos convinieron la suspensión del Sitio el 27 de diciembre.

Finalmente, ante el general de la División Pacificadora del Norte y un representante del Consejo del Pueblo se llegó a los siguientes puntos de conciliación:

Que se reconoce la autoridad del presidente de la República, recientemente elegido don Manuel Montt.

Que hubiese una amnistía completa, por todos los acontecimientos ocurridos desde el 7 de septiembre.

Que los empleados en aquella época y que hubieran seguido prestando sus servicios durante la revolución, conservasen sus puestos.

Que la entrega de la plaza se hiciese con los mayores honores. El estado mayor de la división pacificadora deberá entrar a la plaza tres horas antes que la tropa para tomar posesión de las armas que se encontrarían formadas en el centro de la plaza

El tratado será garantido por el comandante Pouget y el vicecónsul francés Mr. Lefevre.

Terminaba el día 31 de diciembre de 1851, la castigada ciudad de La Serena con sus trincheras abandonadas, los hogares enmudecidos y silenciosos veían concluida su heroica resistencia. Aquella guarnición conformada por soldados improvisados por la revolución, por heroicos voluntarios en quienes la disciplina militar no había tenido tiempo de echar raíces, pero todos se entregaron al momento de cumplir, sin observaciones.

“La plaza de La Serena, no se rindió, sólo fue ocupada por los sitiadores cuando la soledad y el silencio reinaban dentro de sus trincheras: abandonadas, pero no vencidas”.

LA SITUACION DE LA MUJER EN 1851

Al revisar el tejido social de aquel año 1851, vemos que en las primeras décadas de la vida republicana la situación de la mujer no era objeto de reflexión, ni de cuestionamiento.

Si se considera que sólo el 10% de las mujeres leía y escribía su horizonte de crecimiento eran muy escaso, y todo su mundo se reducía al ámbito doméstico.

No tuvo la oportunidad de la Educación, que es la llave poderosa, que le habría permitido estar alerta a las posibilidades para que ella pudiera echar a andar sus cualidades, y así crecer y avanzar.

Estaban las chilenas muy lejos de conocer la existencia de Olympe de Gaouges (1748- 1793), escritora, filósofa francesa, que, junto con adherirse al pensamiento de los Girondinos, señaló que la proclamación en Francia, de los derechos del hombre y del ciudadano, era inconsistente debido a la negación de ciudadanía para las mujeres. Para demostrar este error denuncio los límites de los principios de libertad, igualdad y fraternidad, escribiendo en 1791 la Declaración de los derechos de la mujer y de la ciudadana”.

Art. 1ª La mujer nace libre y permanece igual al hombre en derechos.

Estos derechos son la libertad, la propiedad, la seguridad y sobre todo la resistencia a la opresión.

La Revolución Francesa, este hecho histórico tan relevante pero que significó para la mujer, una exclusión.

Sin embargo, las mujeres que conocimos en el año 1851 en Chile, buscaron caminos para manifestar sus preferencias, reconocer las urgencias y estar presente sólo por la fuerza del corazón.

Las movió el amor a su compañero, a su familia, a su terruño y actuaron así valientemente sin exigir recompensa, ni en derechos, ni en honores, ni en reconocimientos. Supieron ponerse a disposición del bien común agregando unidad y cohesión.

La realización personal es el tesoro por el que deberá luchar la mujer, le prodigará satisfacción y la hará más plena para poner luego, todos sus esfuerzos en aquella tarea que es comunitaria: alcanzar el progreso.

La mujer fue, es y será piedra fundamental en el desarrollo de la familia la que a la vez es la esencia de la sociedad.

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