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Juan Ramos Álvarez o la historia como destino

Para quienes amamos el conocimiento del pasado en sus aspectos más significativos, la relectura de la Historia del Valle de Huasco de Juan Ramos Álvarez, con miras a estas líneas, ha valido revivir una verdadera fiesta. Conocí esta obra hace varios años, en su original edición periodística, en casa del que fuera funcionario de FF. CC. del Estado Marcos Vega, en calle Serrano, media cuadra al naciente de Carabineros, siendo yo arrendatario de su hermana, doña Elsa Vega, y de su sobrina doña Gina Vega. Solía incursionar allí en la pequeña bodega, atochada de trastos y por lo mismo muy atractiva. Así pude dar con un sugestivo conjunto de recortes de prensa que, a todas luces, alguien salvó para ser conservados.

Sentí que tocaba a las puertas del misterio. En algún momento se me vino a la memoria el recuerdo de los cuentos de Borges, que parten con el intrigante hallazgo, de manera insólita, de un libro de peregrina antigüedad. Fui desenvolviendo el frágil paquete y desfiló ante mis ojos la secuencia de papeles recortados. A escala doméstica este también era un tesoro. Tenía ante mí la serie de esa suerte de artículos que contenían la Historia del Valle de Huasco, de Juan Ramos, que dio a la luz pública, durante 1949, en Vallenar, aquel memorable vespertino El Noticiero Huasquino.

Fue Luis Joaquín Morales quien instaló la piedra basal de la historiografía huasquina, con su Historia del Huasco (1896). Juan Ramos Álvarez irrumpe con su texto al mediar el siglo XX, revelándose propiamente como un nuevo historiador local. Nacido en Vallenar, en 1908, es vástago de antiguas y tradicionales familias, al punto de estar emparentado con Jerónimo Ramos de Torres, el mayor encomendero colonial en estas tierras. Al repasar sus antecedentes biográficos no es fácil deducir hacia qué horizonte lo encaminan sus pasos. Su andar inicial rumbo al sacerdocio y tiempo después, en el ámbito universitario en dirección al ejercicio del derecho, nos habla de su educación esmerada y su calidad de hombre culto. Solo comprendemos mejor su caso al saber de su parentesco con Roberto Flores Álvarez , poeta y empleado de Aduanas; con Oriel Álvarez Gómez y con Kadur Flores Álvarez , estos dos últimos vinculados como cultores de la historia y con nexos con la poesía. Entendemos cómo al fin se definió por la historia.

En las primeras páginas Ramos coincide con Morales en la temática fundamental. El escrito se desarrolla a partir del escenario geográfico del Huasco, mostrándose como un prolijo, e incluso maravillado descriptor, que llega a entonaciones líricas:

“En las Estancias que rodean el valle, donde crecen los pacules, chañares y algarrobillos, a la espera del llanto compasivo de las lluvias para cubrirse de vistosas flores, como las añañucas y los azulillos, y de frutos de oro, como la codiciada algarrobilla, los imponentes cerros revientan sus arterias de ricos minerales”

Continúa con una mirada al mundo indígena, de acuerdo con los datos de una arqueología chilena que se halla en la etapa inicial de su desenvolvimiento. Ya en este capítulo aparece como característica del autor la inserción de oportunas acotaciones informativas de su tiempo, como esta:

“En la ciudad de Vallenar, mientras se efectuaban excavaciones para el subterráneo de la Casa Consistorial, en 1927, fue encontrado también un cementerio indígena, donde aparecían hermosos objetos, como platos y jarros de variadas formas y admirables dibujos pintados, probablemente con tinta de algarrobilla o de pacul, obras de nuestros remotos antepasados”.

O esta otra:

“Y en Vallenar, en 1810, José Antonio Zavala obtenía del subdelegado Miguel Montt y Prado los terrenos vegosos ubicados al poniente de la ciudad… (donde hoy está situada la Estación de los FF. CC. del E.) …”.

Es un desafío para los historiadores, por ejemplo, para los que se ocupan del devenir local, trabajar con los mismos datos, pero sin copiar lo escrito por otros. Repitiendo los motivos de Morales, también Ramos da un vistazo a la Conquista y la Colonia en el Huasco, incluyendo la fundación de Vallenar, pero muestra iniciativa cuando recurre en relación a estos periodos a los archivos de la Municipalidad vallenarina y de la parroquia de San Ambrosio, y el resultado es la incorporación de aportes documentales desconocidos, tal como una medida de orden para las celebraciones religiosas populares, dispuesta por el obispo Manuel Alday y la copia del testamento de doña Clara de Torres y Aguirre y Cofré.

Al adentrarse con su narración en el siglo XIX, Juan Ramos da a su texto un cauce que lo hace inconfundible. Su enfoque a partir del “Capítulo XII”, será sobre la base que reza su título: “Vallenar a través de sus Municipios”. Con ello el trabajo del historiador se va a diferenciar de lo escrito por Joaquín Morales. Diferenciación, pero no oposición. Los libros de ambos autores son complementarios. Ramos acude reiteradamente a citas de Morales; es su fuente individual de mayor importancia hasta el siglo XIX. Aún, cuando no lo diga de modo expreso, él es el maestro que ha abierto el camino.

Es más, lo destaca como hombre público. A propósito del periodo de la Comuna Autónoma, lo alude diciendo de él:

“Se distingue por ese despertar intelectual vallenarino, iluminado por un selecto grupo de mentalidades superiores, como Manuel Antonio Romo , Joaquín Morales, Eduardo Ossandón Planet…”.

Tiene otro notable informante, con la cercanía de la amistad y de ser contemporáneo suyo que lo dobla en edad, Jacobo Degeyter Carmona (1864 – 1947) le aporta una experiencia pública importante, ligada sobre todo a la agricultura y al comercio, de buena parte del siglo XIX y de casi la totalidad de la primera mitad del siglo XX, y ante todo es un reconocido poeta y se dice que escribió una historia del Huasco, cuyas páginas hasta ahora perma-necen desconocidas. El propio Ramos da la noticia que Degeyter escribió una obra no publicada, con el título de Reseña Agrícola del Huasco.

De este escritor Ramos reproduce un interesante texto sobre los puentes de Vallenar y en varias oportunidades recurre a sus conocimientos.

Ramos aborda con dominio las cuatro épocas municipales, como el tema medular que vertebra su “Historia…”. Así define cada tramo: “El primer periodo, que denominaremos de “Ensayos Municipales”, abarca las actividades principales de nuestros Cabildos, anteriores a la Ley Orgánica de Municipalidades de 1854. Se caracteriza por la casi absoluta dependencia del Poder Ejecutivo…”.

“El segundo periodo, comprendido entre los años 1854 y 1891, fecha de la ley de “Comuna Autónoma” lo denominaremos de “Organización Municipal”, porque en efecto, se ve en este lapso de medio siglo, la constitución de los más importantes servicios locales…”.

“El tercer periodo, lo denominaremos de la “Comuna Autónoma”, por la ley que lo rigió. Se distingue por ese despertar intelectual vallenarino, iluminado por un selecto grupo de mentalidades superiores…”.

“El cuarto y último periodo desde 1914. Fecha de la ley que reforma a la Comuna Autónoma y devuelve al Municipio sus funciones propias, hasta el presente. Lo denominaremos de la “Municipalidad Contemporánea…”.

Dentro de este encuadre el historiador ubica los acontecimientos señeros. En el periodo inicial resalta la apertura de la Recova (1835) y la primera emisión de billetes (1839) por la casa minera de Walker Hnos. (Alejandro y Guillermo).

En el siguiente tramo sitúa la Revolución Constituyente (1859), liderada por Pedro León Gallo , de alcance nacional, y la Guerra del Pacifico (1879) con proyección en el plano internacional, y en el ámbito lugareño una sucesión de ordenanzas de la Municipalidad de Vallenar sobre la adminis-tración de la Recova, patentes de carruajes, diversiones públicas, incluidas las de fiestas patrias, y la adopción de acuerdos sobre el Paseo de la Libertad (hoy avenida Brasil), alumbrado público, administración del hospital, aumento de la fuerza de Policía, formación de la banda de músicos de la Guardia Municipal, numeración de las calles de Vallenar. En el contexto de esos signos de adelanto en la organización de los servicios de la ciudad en esa época, se cuenta la notable iniciativa de Nicolás Naranjo Palacios , de donar una casa y sitio para el indigente hospital vallenarino (1878). Gesto que lo enaltece hasta hoy.

En el trasfondo de este prolongado lapso se agitan los peligros de una epidemia de viruelas (1871) y la grave sequía de los primeros meses de 1888, año que al llegar al invierno se tornó lluvioso al extremo de generar una crecida catastrófica del río Huasco.

En esta parte del volumen se hallan algunas de sus páginas más admirables, dedicadas al establecimiento en el Huasco de las que deberán contarse como sus familias más representativas, como las de los Gallo, Vallejo, Ávalos, Urquieta, Cruz, Franco, Figueroa, Álvarez, Adriasola, Quevedo y otras. Asimismo, son interesantes sus notas sobre la presencia de ingleses en el Huasco, empezando por los hermanos Walker, prósperos comerciantes en minerales, representación en que también se anota a los Swell, Robert, Patrickson, Shell, Payton. En una página anterior ya había citado a los Edwards.

El texto presenta otra faceta de interés, desde el punto de vista del género literario, cuando se vuelve alternativo, pasando transitoriamente de la narración histórica al relato de crónica, bajo sendos títulos que el autor llama anécdotas: “La Semana Santa hace 70 años” y la “Toma del Morro Solar por el Batallón de Cívicos”.

Al comenzar el capítulo sobre la Comuna Autónoma el autor es el primero en tratar la Revolución de 1891, con sus entretelones locales escasamente conocidos. Ese año, tras la guerra civil, el gobierno de la república encomienda las comunas a juntas municipales y estas dan paso a las nuevas municipalidades con las características luchas partidarias, principalmente entre liberales y radicales, y los típicos municipios con tres alcaldes. Se suceden en 1894, 1897, 1900, 1903, los nuevos cuerpos edilicios de la corporación. Surgen en la escena pública los nombres de conocidos vecinos: Roberto Naranjo, Carlos Cardani, Francisco Ahumada, Eleodoro Adriasola, Nilo Gallo. Algunos con particular renombre, como Luis Joaquín Morales, que ejerció como regidor, como antes lo fueron Nicolás Naranjo, Honorio Henríquez Pérez, escritor, y José Caroca, padre del escultor. Otros municipales son Francisco Rudolth, Teodolindo Álvarez, Abraham Carmona, Nicolás Traslaviña, Pedro Carvallo, Eleodoro Martin, Juan Roubillart y tantos otros personajes que participaron en el gobierno municipal.

Al mismo tiempo se cuentan los hechos relevantes: la nueva crecida del río Huasco (1891), la inauguración del ferrocarril de Huasco a Vallenar, el cambio de nombre de la calle del Puente por Brasil, la fundación del prestigioso Instituto Industrial y Comercial, el juicio por territorios ganado por la Compañía Agrícola de Vallenar, que dará origen a la creación de la hacienda La Compañía. Juan Ramos es prolijo para consignar otros hechos que marcaron esa época, como el cuasi terremoto de 1904 y la desastrosa avenida del río Huasco, de fines de 1905 y comienzos de 1906, y la recurrente epidemia de viruela de 1918, pero también anota los signos del progreso, expresados en los primeros pasos de los servicios de agua potable, y de teléfonos y alumbrado eléctrico, estos últimos asociados a la acción del industrial Iván Franulic.

El autor llega al capítulo de la “Municipalidad Contemporánea”, el cuarto segmento de su visión de la historia del valle del Huasco, a partir de 1915, extendiéndose sobre la epidemia de viruela en su más funesta aparición (1921) y el devastador terremoto de 1922. El tratamiento de estas materias abarca también las gestiones posteriores acerca de las laboriosas tareas de la reconstrucción, incluyendo la creación de la Comisión Central de Socorros y de la Caja de Auxilios, y de las leyes concebidas respectivamente por el senador Arturo Lyon y el diputado por Vallenar Isauro Torres, como el acuerdo municipal de ensanche de las calles. El caudal de antecedentes es tal que estas páginas son de consulta indispensable para quien desee informarse cabalmente sobre ambas tragedias y sus consecuencias. El historiador anota que las contingencias políticas del país, que recordamos, como de preocupante inestabilidad gubernamental y crisis económica, culminan con la asunción de Carlos Ibáñez del Campo 9 como jefe del Estado (1927). Este cambio trastocó el historial que venían trayendo los municipios al aplicarse las reformas del nuevo gobierno, una de las cuales fue el reemplazo de las municipalidades por juntas de vecinos, con el nombramiento de un alcalde, en este caso Alberto Álvarez y un grupo de vocales. Mientras avanzaba el medio siglo y el Municipio batallaba por superar su precaria situación económica, la alcaldía fue ejercida después sucesivamente por Alfredo Gómez, Alberto Fergie, Jorge Espoz, Carlos Marambio. Pese a la falta de recursos, la ciudad avanzaba con logros como el surgimiento de la Población Gómez, la instalación del alcantarillado, el obsequio de las estatuas de “La Vendimia” y “El Secreto de la fuente”, la apertura del nuevo aeródromo, la pavimentación de veredas. Pero tampoco olvida, aunque sin profundizar, la masacre de la “Pascua Trágica” (1931).

Desde su perspectiva de “Vallenar a través de sus Municipios” Juan Ramos alcanza hasta la vuelta de las elecciones por votación popular de alcaldes y regidores, más precisamente de Romelio Alday (1935) y por dimisión de este, de Marco Antonio Gallo (1936), y de los sucesos de la época destaca la celebración del centenario del título de ciudad (1934), y la apertura del Liceo de Hombres y comienzo de la pavimentación de las calles céntricas (1937).

Luego se explaya, en los respectivos capítulos, sobre el “Desarrollo de la Agricultura” y acerca de la “Evolución de la Minería”, con profusión de antecedentes del mayor interés. No menos interesantes es otro capítulo referente a “Freirina y puerto Huasco”, concluyendo con otros dos dedicados a la economía, cultura y ámbito social, abarcando en este último concepto los campos religioso, intelectual, periodístico y político, para finalizar con otra nota original: un “apéndice” sobre el “Folklore Huasquino”, referido a “Mitos del Huasco”.

Juan Ramos Álvarez se encaminó para ser sacerdote, después avanzó casi hasta el final del camino para ser abogado. No fue lo uno ni lo otro. Cuando empezó a interesarse en escribir una historia de su tierra, estaba barajando una alternativa que tal vez no le pasó por la mente en su etapa estudiantil. El lunes 3 de enero de 1949 apareció en El Noticiero Huasquino el primer artículo, o “folletín” como algunos lo llamaron, de la Historia del Valle de Huasco, con lo cual empezaba a cobrar vida real el proyecto en el que había trabajado con denuedo.

Sin embargo, el mismo año, el 16 de junio, el infortunio llevó a Ramos a caer de madrugada en un canal, cuando regresaba a su casa, en hacienda La Compañía. El fatal episodio lo cuenta Kadur Flores, quien más ha difundido a su talentoso pariente. Pese a lo ocurrido, quedó con vida, pero no fue auxiliado oportunamente. No había cumplido los 41 años de edad. Conforme a las cifras que en la actualidad se manejan respecto de las expectativas de vida de los chilenos, diríamos, todavía con pesar, que murió joven.

Para entonces ya tenía escrita su valiosa historia. Ni la fatalidad podía impedírselo. Había completado su tercer caminar, traspasando su tiempo, hasta su destino definitivo de historiador.

Jorge Eduardo Zambra (*)
Director Museo del Huasco
Alfonso Sanguinetti Mulet

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