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La señorita Lucila en Las Compañías

Por Sergio Godoy Galleguillos

Corría el año electivo de 1904, y una recatada y humilde muchacha de vestimentas sencillas y verde mirar, tiene problemas de juventud a la llegada de La Compañía Baja, suburbio ubicado al norte de La Serena: prejuiciosa ciudad que, había despreciado su talento de niña pobre. Retraída y seria, la vida le obligaba a seguir los pasos de su hermanastra Emelina, maestra como ella. La niña que naciera con la estrella de un domingo 7 y fuera hija de poeta irresponsable y costurera, debe trabajar para ayudar al humilde hogar elquino.

Nadie imaginó siquiera que la desvalida niña, portaba un extraordinario talento, que hizo de su vida un portento de sabiduría, con solo un sexto año en la anexa a la Normal de La Serena y tratada de tarada y ladrona. Además, recibiría del mismísimo Rey Gustavo, de Suecia, el Premio Nobel de Literatura, traducida a muchas lenguas y selectos pensadores e intelectuales del mundo, a sus pies.

Corrían años de agitación y conflictos, deficiencias sanitarias y laborales, pobreza y analfabetismo, represión y cesantía, que la joven soporta estoicamente. Lectora voraz: Montaigne, Tagore, Mistral, Varga–Vila, Dostoyevki son su alimento. Lillo publica: “Sub–terra”, en Santiago, libro que le impacta.

Por convicción, decide impartir clases nocturnas a mujeres pobladoras y gañanes, mucho mayores que ella. El sistema de visitadores de Escuelas impuesto por el exigente y conservador presidente German Riesco, que, como abogado, solo buscaba la perfección del Código Civil y penal.

De la antigua ex Escuela Mixta número 8, en que ocurrieron los hechos, solo se conservan algunos de sus muros, en la hoy calle Gabriela Mistral, en La Compañía Baja, a pasos del Elefante blanco llamado pomposamente: ¡Instituto Mistraliano! En realidad, solo fue su cedida casa–habitación, con huerto de olivos que le brindó alguna inspiración y reminiscencias bíblicas, de su ethos elquino. Estimulada por su media hermana Emelina Molina maestra, como ella, de quien adquirió su ejemplo, de abnegación y humildad, que ella le retribuye en el poema ¡La maestra rural ¡tan bello como sobrecogedor!

Según los eruditos neologismos y arcaísmos le complican al comienzo; aún así, es considerada y publicada en una Antología regional de Luis Ayala– junto a destacados vates de la región. Y de allí, al mundo y la inmortalidad.

Así comienza su periplo de las 3 aldeas: a) Compañía Baja —sus primeras publicaciones—. b) La Cantera donde conoce a Romelio Ureta, inspirador de los Sonetos de la Muerte y c) Cerrillos en la Hacienda Ripamontti, donde consolida su proceso escritural vocacional públicatorio y, luego, a la capitalina Barrancas —Santiago—, donde desarrolla su vocación de maestra autodidacta, a tiempo completo.

Su lenguaje popular, de mujeríos y campesinerías comienza a trascender y sus rondas infantiles, lectura obligada. Hoy, dirán con el ojo atravesado, Bendita mi lengua sea.

Podría decirse que, en Vicuña, Elqui —mágico y cósmico— nació Lucila, pero en Las Compañías despertó Gabriela: la magnifica rebelde, ayudada por el viejo periodista y masón, don Bernardo Ossandón, que le permite su generosa biblioteca. y la joven devora ávidamente.

Decidida, a la enseñanza y estimulada ahora por el presidente Pedro Aguirre Cerda, su amigo y profesor, parte a Los Andes, Santiago, Antofagasta y Temuco, donde conoce a un joven Neruda y de allí a Punta Arenas, tierra de desolación y frío.

Su extraordinaria dedicación traspasó las fronteras, y el gobierno mexicano la tentó para desarrollar un plan educacional indígena, basado, en la difusión del libro e implementación de bibliotecas populares, en el país. El ministro Vasconcellos no ocultó su admiración por ella; luego, que fuera premiada con cargos consulares en América y Europa.

Ella soñó aplicar todo esto en Chile, pero ¡nos farreamos su talento! ¡Fuimos ruines y pequeños con nuestra hermana de Patria Chica! ¡Cualquier acción que dignifique la vida y obra de esta excelsa hija de Coquimbo, le hace mínimo, ante la magnitud de su inteligencia!

Ella, la errabunda, la magnífica rebelde, vilipendiada y apasionada, indomable y excelsa. Todo adjetivo se torna insuficiente en ella, es el mejor incentivo para los continuadores y estudiosos de su obra.

El haber convivido con una Premio Nobel, en Las Compañías, es nuestro preciado orgullo.

Debe ser tarea permanente, el rescate e incremento de su patrimonio y los lugares donde tuvo un minino regocijo. Y darlas a conocer a las nuevas generaciones, como ejemplo el verdadero tesoro descubierto en su casa de Santa Bárbara, EE. UU.: 1500 fotografías, cientos de epistolarios y manuscritos entregados por la sobrina de Doris Adkinson a la Biblioteca Nacional y enriquecerá evidentemente sus fundaciones provincianas.

Los intelectuales y creadores del país, deben hacer suyo el señero ejemplo de esta extraordinaria mujer: visionaria e insobornable, apasionada y rupturista, polémica, feminista y demócrata; evidentemente anticipada a su época, en el irrestricto compromiso con la sociedad en que se desenvuelve.

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