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Los jesuitas en Las Compañías

Por Sergio Godoy Galleguillos

Las Compañías deben su nombre a la presencia de la Compañía de Jesús: movimiento religioso-intelectual europeo que, durante los siglos XVII y XVIII, habitaron nuestro sector: Hacienda de los padres de La Compañía. Llegaron desde Perú en barco a Coquimbo, el 11 de abril de 1593.

En La Serena erigieron: colegios, talleres e iglesia; casa de residencia en la antigua ex Escuela número 1, nocturna, cerca del Mercado Viejo —hoy, La Recova— de la que fueron grandes propulsores de esta, desde 1698 hasta su fundación, que data de 1795.

Pero, vino, luego, una seguidilla de barcos en piratería (autorizados en corso) a las playas de La Serena; ya franceses, holandeses, ingleses: Drake, Sharp, Davis, Cavendisch, Hawkins, etc., en represalia por haberse repartido el mundo, entre los reinados de España y Portugal.
 
 Los jesuitas habrían arribado a La Serena en 1593 y de aquí a Santiago, donde centraron sus operaciones. En 1680 irrumpió el pirata Bartolomé Sharp y sus enfervorizados hombres, exigiendo rescates y al no haberlo, atacan e incendian la ciudad, que mal defendida, arde por los 4 costados, sobretodo, los mayores símbolos de veneración, sus Iglesias.

Se cuenta que, ante el temor de los vecinos, se habrían construido sendos túneles, para esconder riquezas o expiar pecados.
 
Los Jesuitas desempeñaron una gran labor en la reconstrucción de la ciudad, recuperación de calles y caminos, el amurallamiento de calle Amunátegui, la construcción de La Portada —no el Estadio— y la techumbre del convento de Santo Domingo, entre otras urgencias.
 
La terminación del templo correspondió a los agustinos, según el plano que ocuparon los jesuitas durante el siglo XVII, a quienes legaron sus bienes cuando fueron expulsados de América en 1767, por el Papa Carlos III, hecho muy lamentado por el vacío que dejaron.

En el lugar, también levantaron: convento, capilla de oración, casa de noviciados, caballerizas, etc. y un molino en el cerro Santa Lucía —hoy, Liceo Gregorio Cordovez— y canalizaron agua hacia su huerta, desde calle Castro hacia la Quebrada San Francisco con Alameda Las Delicias –hoy, Francisco de Aguirre o Avenida Los Diaguitas—, después del estallido social. Luego, un claustro en Anfión Muñoz, al que llamaron: Los Capuchinos. En la “Chacra de La Compañía” canalizaron el antiguo canal Callejas y Jaramillo, para su fundo, que abarcaba desde EL Olivar hasta Punta de Teatinos. La plantación de Olivos fue característica hasta El Buitrón y de allí a La Puntilla.
 
Se cree que explotaron el fundo Roma —hoy Parcela 166—, donde existirían sendos túneles bajo tierra, que alimentan el imaginario popular. Tal como los que existirían bajo las calles Eduardo de la Barra, bajo el colegio SSCC. hacia el Luis Gonzaga ((Seminario Conciliar) hasta la Divina Providencia, en pleno centro, de la ciudad.

También, se cuenta que habrían explotado una rica mina de oro, maray y pozo incluido, al norte de Las Compañías, de donde obtuvieron grandes riquezas con mano nativa, pues dominaban técnicas de herrería y fundiciones y orfebrería. Así, contribuyeron al desarrollo y enseñanza de la metalurgia local.

Pero, fue en las canteras de la hacienda Juan Soldado y alto Peñuelas, donde labraron grandes bloques de piedra caliza, para la construcción de las imponentes iglesias, que hoy admiramos. De lo que quedó de la hacienda, dio paso a la fabricación de un rico cemento, que fue ocupado en la renovación de la ciudad, en la década del ’50, llamado este: Plan Serena.

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