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La presencia de Pedro León Gallo en el Valle de Elqui

Por Carlos Toro Ponce

A mediados de la década del 50 del siglo XIX, la economía del país, según las autoridades gubernamentales de la época, mostraba signos de crecimiento notable y sostenido, pero, a pesar de esos buenos augurios del gobierno de Manuel Montt, ya se vislumbraba una severa crisis económica a consecuencia de los problemas políticos que existían en otras naciones con las cuales se mantenían relaciones comerciales, entre ellas la lejana Australia y el territorio estadounidense de California. Este tipo de problemas en los años 56, 57 y 58 de esa centuria se profundizaría generando inquietud en la sociedad chilena y sobre todo en la bullente burguesía minera del norte del país (las provincias de Atacama y Coquimbo). Este fenómeno llevó a un avance político importante de la oposición al gobierno de Montt, cuestión que se reflejó en las elecciones parlamentarias de 1858, los candidatos liberales triunfaron en Copiapó, La Serena, Valparaíso y Linares, además eso permitió que en la capital del país se juntaran las voces opositoras de Diego Barros Arana, Domingo Santa María y de Pedro León Gallo entre otros, llamando a la lucha contra el gobierno de Montt.

Pedro León Gallo, fue el quinto de nueve hijos de don Miguel Gallo Vergara, millonario minero de la plata de Chañarcillo y de doña Candelaria Goyenechea y de la Sierra. Nació en Copiapó el 12 de febrero de 1836, y sus primeros estudios los realizó en el Colegio de la Merced de dicha ciudad, egresado ya de dicho establecimiento es trasladado a la capital en donde ingresa al Instituto Nacional.

Fue en la capital en 1850, y a muy temprana edad, en donde escribió en el periódico “La Tribuna” sus primeros artículos de carácter políticos, adhiriendo a la idea del orden público. Al año siguiente, abril de 1851, defendió al gobierno de Montt, y en 1852 regresó a Copiapó.

En dicha ciudad, junto con dedicarse a los negocios familiares continuó en el quehacer político al ser elegido regidor, pero fue destituido por el intendente, debido a un incidente protagonizado por el jefe de la policía de su ciudad a quien él censuró. Dicha destitución gatilló un cambio en su percepción sobre el gobierno de Montt, comenzando desde entonces a frecuentar las reuniones, tanto en el norte del país como en Santiago, de opositores al régimen que ya proyectaban una rebelión. En su ciudad natal, Gallo dio a conocer sus opiniones políticas en las páginas del periódico El Copiapino.

Señalábamos anteriormente que la oposición al gobierno había logrado sendos triunfos en diferentes plazas del país, dos meses más tarde la oposición convocó al pueblo para la firma del acta de adhesión al petitorio de la Asamblea Constituyente, acto que motivó la represión del gobierno. Más de 150 personas fueron arrestadas y entre los cuales se destacaban las figuras de los hermanos Matta, de don Ángel Custodio Gallo y de Benjamín Vicuña Mackenna. Cabe destacar un dato curioso, Vicuña Mackenna fue encarcelado en la misma celda que ya había ocupado en el levantamiento revolucionario en abril de 1851, y al preguntársele por los motivos por los cuales estaba preso, exclamó: “Heme aquí de nuevo en mi cuna revolucionaria”. Algunos de estos personajes fueron desterrados a Inglaterra, entre ellos cabe destacar a Manuel Antonio y Guillermo Matta, a Vicuña Mackenna y a don Ángel Custodio Gallo, otros revolucionarios fueron desterrados a Magallanes, pero en alta mar se apoderaron del barco y cambiando de rumbo, se dirigieron al Perú.

El Gobierno redobló la persecución de otros revolucionarios y ordenó la clausura de varios periódicos de oposición. En diciembre del mismo año se decretaba Estado de sitio para las más importantes ciudades del país, invocando, desde luego, la salvación pública de la nación, ya que el comunismo (?), según la prensa oficialista, amenazaba la propiedad privada, y sobre todo, la amenazante “insurrección en armas” pretendida por la oposición, ponía en peligro la estabilidad institucional del país. Por supuesto que el gobierno de Montt contaba con el respaldo de los nuevos ricos que habían logrado sus fortunas en la construcción de obras públicas, de los terratenientes de la zona central y de la burguesía comercial y financiera de las plazas más importantes el país: Santiago y Valparaíso, como también el apoyo incondicional del Ejército y de la marina.

Si bien es cierto que el movimiento pre-revolucionario de 1859 tuvo un contenido más político que el de 1851, no es menos cierto que al bando de la oposición se había pasado un amplio sector conservador que había roto con Montt por las medidas adaptadas por su gobierno, en orden de defender las prerrogativas del Estado frente a la Iglesia Católica. Este carácter híbrido del gran abanico oposicionista se quebraría muy pronto, pues era absurdo que la aristocracia conservadora estuviese unida al sector más progresista de la burguesía de aquella época, y en la cual se encontraban personajes como el ya nombrado Vicuña Mackenna, José Miguel Carrera Fontecilla, Barros Arana, José Victorino Lastarria, Isidoro Aguirre y en el norte del país Pedro Pablo Muñoz, el escritor Manuel Concha, los hermanos Matta y los Gallo. En el valle elquino sobresalían las figuras de José y Marcelino Iribarren, Elías Salcedo, Policarpo Munizaga, Wenceslado Varela y otros, que ya estaban influenciados por las ideas revolucionarias de Pedro Pablo Muñoz, de Concha y especialmente por los artículos periodísticos de Pedro León Gallo.

Los Gallo y los Matta fueron las personas más prominentes de la burguesía minera que encabezaron el movimiento revolucionario en el Norte del país, su posición era mucho más liberal, reformista y anticlerical que las posiciones de sus eventuales aliados conservadores. El movimiento revolucionario tuvo también, por cierto, el apoyo importante de las capas más desfavorecidas de la población como fueron los mineros, los artesanos de las ciudades y los campesinos.

El 5 de enero de 1859 empezó a desarrollarse la revolución en Copiapó y en los centros mineros de Chañarcillo y Juan Godoy. Un hombre que se destaca en el apoyo a ese movimiento revolucionario es Pedro Pablo Zapata, líder de la organización del Centro de Artesanos y Obreros de Copiapó. Zapata, al frente de un grupo significativo de obreros logró tomarse el cuartel, y Ramón Arancibia, poeta popular de la Revolución se tomó la cárcel de la ciudad. Paralelamente a esto, Pedro León Gallo fue proclamado Intendente y Comandante en Jefe del Ejército revolucionario, ejército conformado por los batallones de Artesanos de Copiapó y por el batallón de “Zuavos Constituyentes” de Chañarcillo. Cabe destacar que Gallo ha sido la única persona en ser elegido Intendente por aclamación popular en toda la historia republicana de Chile. Por su parte, el ingeniero Anselmo Carabantes se apoderó de Caldera y en la maestranza de los ferrocarriles de ese puerto dispuso la fabricación de 15 cañones, de granadas y explosivos para la defensa de la rebelión en Copiapó.

La Revolución en el Norte tuvo también su moneda propia, ya que Gallo en su calidad de Intendente y de Comandante en Jefe del Ejército Revolucionario, le ordenó al ingeniero Carabantes acuñar 400.000 monedas de plata. El nuevo dinero fue llamado “peso constituyente”. El país vio con asombro que Copiapó se estaba convirtiendo casi en una especie de Estado al interior del Estado chileno. Con su propia fortuna y la de su madre que puso gran parte de su dinero por la causa revolucionaria, más los fondos habidos en la tesorería de Copiapó, Gallo armó una tropa de 800 hombres.

Cuando se supo que el gobierno central mandaba tropas para revertir la Revolución en Atacama, fueron centenares los hombres los que solicitaron un puesto de combate en el ejército constituyente: sobre todo, una multitud inmensa de jóvenes, mineros, campesinos y artesanos llegaron desde Vallenar, Freirina, Paposo, Chañaral, Caldera y de otros tantos centros mineros de la zona, pidiendo su ingreso al ejército.

Al avanzar hacia el sur, el Ejército de Pedro León Gallo vence el 14 de marzo al ejército constitucional al mando del comandante Silva Chávez, en la batalla de Los Loros —provincia de Coquimbo—, muy cerca de la ciudad de La Serena. En este combate los mineros nortinos, dejando el fusil a un lado, sacaron a relucir sus clásicos corvos y se lanzaron en una lucha titánica de cuerpo a cuerpo contra el enemigo venciéndolo totalmente. Claro que las huestes de Gallo aventajaban en hombres al ejército constitucional. Días después los revolucionarios entraban triunfantes a La Serena, siendo recibidos como héroes gracias a la labor de apoyo efectuada por el popular tribuno de la ciudad don Pedro Pablo Muñoz y de don Manuel Concha que con sus crónicas periodísticas apoyaba a los insurrectos. Concha fue un destacado periodista y como escritor es autor de las conocidas “Tradiciones Serenenses” y de “Crónica de La Serena, desde su fundación hasta nuestros días (1549- 870).

En Vicuña, días antes de esa batalla, quien ocupaba el cargo de gobernador titular era don José N. Ossa, cuando por orden superior, se recogió todo el armamento que se había distribuido a las milicias de la localidad, armamento que fue remitido a La Serena en cinco cargas mulares, dicha comitiva la encabezaba el propio gobernador. Pero, el 4 de marzo, en carácter de suplente, gobernaba don Nicolás Iglesias, y en esa calidad fue sorprendido por el anunció de que el cuartel de la ciudad era asaltado por una partida de revolucionarios locales que apoyaban el levantamiento de Gallo en Copiapó y de Pedro Pablo Muñoz en La Serena. Aquella partida de revolucionarios era comandada por don José Iribarren. En la cárcel dieron libertad a dos presos, llevándose parte del instrumental de la banda, como también tomaron prisioneros a dos músicos, los cuales los llevaron consigo. Además, sustrajeron casacas, morriones y las espadas de algunos oficiales.

Luego, el grupo de revolucionarios se encaminaron a la residencia del mayor don Domingo Cabezas, y en ella, ya ocupada la residencia, sustrajeron ropa, documentos, dinero, y forzaron la caja de fondos. Ese mismo día cruzaron el río y del fundo de La Compañía se apoderaron de ocho caballos. Los revolucionarios se retiraron como a las 4 de la tarde de la villa de Vicuña, para continuar sus correrías por esos contornos y reclutar más gente para la causa revolucionaria. Al día siguiente, 5 de marzo, temprano en la mañana, el subdelegado de El Tambo, don Lorenzo Rivera y el soldado Fabián Tapia, fueron sorprendidos por la partida revolucionaria mientras conducían unos 10 animales, entre caballares y mulares, que era el exponente con que, a petición del gobierno, contribuía aquella subdelegación.

Los montoneros continuaron su camino internándose por la Quebrada de Yungay, en dirección a La Higuera para reunirse con el Ejército revolucionario de don Pedro León Gallo. Mientras tanto, la gobernación elquina remitía a La Serena 56 caballos equipados completamente como ayuda al gobierno de Montt.

Sin embargo, a pesar de la desastrosa derrota del ejército constitucional en la quebrada de Los Loros, el gobierno logra reorganizar sus fuerzas con los refuerzos enviados desde Valparaíso que desembarcaran en la caleta pesquera de Tongoy, y en un rápido avance hacia La Serena, consigue el 29 de abril, un aplastante triunfo sobre las tropas del ejército revolucionario en la batalla de Cerro Grande, encuentro bélico que pone fin a la aventura guerrerista de Gallo. Al mando de este nuevo contingente gubernamental se encontraba el general Juan Vidaurre Leal, y una vez finalizado el sangriento combate cayeron en su poder más de 500 prisioneros, 12 piezas de artillería y todo el parque de sustentación de los revolucionarios. Luego, en la madrugada del 30 de abril Vidaurre ocupa La Serena, mientras que los restos del Ejército de Gallo, tristes y cabizbajos y con el dolor de la derrota en tiempos de guerra emprenden su retirada hacia el valle de Elqui con rumbo hacia el país vecino.

Es aquí donde comienza la leyenda del tesoro de don Pedro, ya que desde ese mismo día empezó a configurarse en el imaginario popular ese mítico hecho. La verdad es que nadie supo ni se sabrá con certeza, si esa riqueza fue en verdad un hecho real o si los derrotados cargaron u ocultaron en los alrededores de Alfalfares —en ese entonces una zona solamente de agricultura y localizada en la entrada misma del valle—, los posibles valiosos “pesos constituyentes” que valían su peso en plata y los lingotes del mismo mineral que poseía don Pedro para respaldar la paga de los soldados como también el hacer compras de víveres y otros menesteres necesarios para mantener a tanta gente.

Pero la idea de ocultar tal tesoro en las cercanías de La Serena le quitaría un valioso tiempo para salvar lo poco y nada de lo que le quedaba de su ejército revolucionario ya que eran perseguidos muy de cerca por las tropas gubernamentales y podían caer también en manos de Vidaurre. Cabe la posibilidad, según los rumores del ocultamiento de dicho tesoro, cuentan aún los paisanos, que fue enterrado en otra localidad del valle elquino, con la esperanza, tal vez, de ser recuperado algún día por su dueño. Podría ser cierto, ya que el comentario generacional de comarcanos y buscadores de tesoros y derroteros en nuestro valle han señalado localidades como El Durazno, Algarrobal, la quebrada de Uchumí e incluso Huanta, también dichos rumores con los años han aumentado generosamente la riqueza de dicho cargamento. Es posible que el tesoro, de tanto buscarlo de aquí para allá y de allá para acá, se les corriera a estos buscadores de entierros y de tesoros escondidos, se olvidan de tener consigo, por ejemplo, una imagen de San Jerónimo, un mate sin usar y una vela, como decían las viejas del pueblo “una vela de buen morir”.

Lo cierto es que algunos revolucionarios al llegar al pueblo de Vicuña y al tratar de hurtar algunos animales, fueron sorprendidos por el sargento mayor del batallón cívico, don José S. Ansieta, este señor se apostó en la Alameda y desarmó a algunos de los derrotados, quitándoles sus armas. Pero, el 1 de mayo, arribaron al pueblo 40 soldados más, comandados por tres oficiales, y el sargento mayor, quizás por respeto a la figura de Gallo, al igual que otra gente importante de la localidad, brilló por su ausencia o, tal vez sintió una pena enorme al escuchar tantas voces de dolor en el ambiente. Algunos de estos improvisados soldados eran caras conocidas para los lugareños, entre ellos se pueden nombrar a don José Iribarren y algunos de sus hombres, que conducían unos 150 animales; a don Pedro Pablo Muñoz, que fue miembro del Estado Mayor de Gallo, y que también lo acompañaban una docena de sus hombres. Hay que señalar que don Pedro Pablo era dueño en esa época del fundo “Miraflores”, ubicado a los pies del cerro Mamalluca y que colinda con la aldea de El Arenal.

La alarma y el miedo se apoderaron de los habitantes con la llegada de los revolucionarios, algunos subieron a los cerros o a los bosquecillos los alrededores para escapar a infundados ataques de la soldadesca derrotada. Sin embargo, la tropa de Gallo, como era su costumbre, pasó de largo por el pueblo, con su dignidad a cuestas sin hacer daño alguno a sus habitantes. Luego, en Rivadavia tomando el camino del río Turbio se dirigió hacia la cordillera buscando el mejor paso hacia el vecino país trasandino. El paso de los derrotados por el valle, sólo conllevó dos lamentables muertes: el capataz de don Ramón Herrera, Juan L. Segundo Rojas y un anciano, llamado Germán Geraldo, en el poblado de Varillar.

Dicen que en Huanta los lugareños aún conservan en su memoria generacional el recuerdo de este revolucionario fugitivo que cruzó por la polvorienta calle de la aldea en busca de la cordillera y de la libertad y, cuentan los viejos nietos de los abuelos que conocieron a don Pedro, que bajo la sombra de un gran pimiento dormitó junto a sus compañeros de aventura algunas horas, dándole el reposo necesario a sus adoloridos cuerpos y a sus cabalgaduras…, después, la triste y fantasmal hilera de fugitivos se perdió tras la primera curva que hace el camino hasta desaparecer de la vista de los aldeanos.

Con el tiempo, también se perderían muchos de estos fugitivos en el polvo de la historia, muchos que nunca más regresarían al terruño que los vio nacer. Se perdieron en el tiempo al igual que el mítico tesoro de don Pedro León Gallo. Pero, eso sí, el legado político del caudillo copiapino perdurará por siempre en el corazón de los elquinos, y prueba de ello es que algunos de esos hombres nacidos en este valle y que acompañaron a ese líder en las batallas de Los Loros y en el desastre del Cerro Grande, a mediados de la década del siglo XIX, serían los fundadores del Partido Radical en Vicuña, fundación que es una de las más antiguas y de las primeras de dicho partido en Chile.

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